COMO un insignificante pedrusco brillante, la nave de vanguardia «Sur-X» aguardaba inmóvil, al parecer, en su puesto de vigilancia orbital. Su camuflaje era perfecto. Un meteoro sumergido en la infinita inmensidad de la noche galáctica. Ojos ocultos y atentos, provistos de detectores de la máxima sensibilidad, escudriñaban las estrellas, captando, a través de placas estelares, cualquier anomalía en la inmutable serenidad de los mundos de luz. Dentro del pedrusco, por así decir, había un hombre, un soldado de la flota sideral terrestre, un condenado a quince años de aislamiento por haber cometido una falta. Su nombre era Almax, Yar Almax, y tenía veinticinco años. Especialista en observaciones siderales.
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