Se dice que cuando la princesa besa al sapo, este se convierte en príncipe.
Son hermosas esas historias.
Son idílicas.
El problema está en que, muchas veces, la princesa se obceca tanto en que el sapo se convierta en príncipe que se olvida de sí misma.
Katrina era una princesa muy pasional, pero también era muy cabeza dura, y cuando conoció a aquel sapo, ella lo puso enseguida en el pedestal de rey.
Y muchas veces, las princesas son muy bondadosas.
Tan bondadosas son que, al poner al otro en un pedestal, ellas se quedan abajo.
Y desde allí abajo empiezan a ver al otro como inalcanzable, como si el otro fuese una celebridad. Y al ver al otro como si fuese este una celebridad, a ellas sólo les queda el lugar de ser fan.
Y en esta historia eso aconteció.
Katrina suspiraba y lloraba, mirando a la luna, y rogándole que el príncipe sapo vuelva, que no la olvide.
La luna no la oía, pero le trajo algo muy especial.
Le trajo una paloma mensajera con un mensaje de una de sus hermanas, y ese mensaje lo cambió todo.
Lo cambió todo porque gracias a ese mensaje Katrina comenzó a investigar y, se dio cuenta que no estaba sola.
No estaba sola porque empezó a poner voz, ojos, manos, bocas, sentimientos, amores, desamores y energía a aquellos seres que alguna vez vio en un retrato.
No estaba sola porque empezó a comprender que esos del retrato no eran un simple retrato, sino personas.
Personas con amores y desamores, personas que reían y lloraban.
Katrina comenzó a comprender que para poder amar primero tenía que sanar.
Y no solamente sanarse a sí misma, sino sanar esas heridas que aún seguían abiertas, las heridas de los ancestros, de esos que alguna vez había visto en esos retratos.